martes, 2 de agosto de 2011

Islas Canarias... el extremo Sur

De un mar a un océano las diferencias son claras y se manifiestan al poco tiempo de conocerlas. El Mar Mediterráneo acaba siendo como un lago gigantesco con una pequeña abertura por la que renovar sus cálidas aguas, mientras el Atlántico es cosa seria con sus corrientes extraordinarias, sus diferentes tonos, sus mareas, sus peces...

Estas islas cercanas a Africa (95 kms), siempre fueron punto en el que repostar para seguir después viaje a las Américas (1400 kms. desde continente europeo) en angustioso camino. Hoy los aviones han aliviado en gran medida y con importante ahorro de tiempo, ese tránsito de culturas, de razas y de costumbres porque el idioma, al menos en buena parte del hemisferio sur, es el mismo.

También aquí me referiré a Madeira y al archipiélago que encabeza. Archipiélago más próximo al Continente europeo, próximo a las islas Canarias, dependiente de Portugal.

Todas ellas son variadas, tienen carácter y están bendecidas por un clima estupendo que las hace muy apreciadas en todo tiempo. De sus características físicas, orográficas, mas vale recurrir a los libros porque son mas precisos, yo me dedicaré a las reseñas que seguro no están en ellos.

Nosotros utilizamos la puerta de entrada de Tenerife y su aeropuerto norte, testigo de un accidente gravísimo que costó la vida a muchas personas y que no deja de recordarse cuando se aproxima el avión en que llegas a las alturas que rodean sus pistas.


Ambos archipiélagos disfrutan de la bondad de su clima aunque en ocasiones, en condiciones adversas, se haya cebado en ellas. Cuando los rigores del invierno invaden Europa, en ellos se alcanzan temperaturas agradables al estar más próximos al ecuador. Son de origen volcánico y el Teide (3718 m.) es la mayor altura de Tenerife y el Parque Natural que lo alberga un rincón que no puede dejar de visitarse.

Partiendo del nivel del mar, se toma una carretera que acorta el considerable desnivel en pocos minutos, ofreciéndose a la vista un paisaje nada corriente.


 Este volcán activo provocó en sus erupciones primigenias, que las lavas se depositaran en su lecho formando un circo con unos dólmenes característicos que dan la sensación de paisaje lunar en el que es especial su morfología, su fauna y en general todo su espacio: la Caldera de Taburiente. Otro de los templos vivos de este mundo, capaz de ofrecerte estimulos nunca experimentados. A medida que asciendes por la ladera se va transformando el paisaje, sin que puedas imaginar lo que encontrarás arriba. Las plantas delimitan ya los espacios y los vientos allí se mueven con la naturalidad de quien se pasea en casa en zapatillas.

Recomendable la subida a la cúspide del volcán, aunque desconozco si en 2011 ya no es posible hacerlo; lo que no sería de extrañar por la voracidad de los transeuntes, capaces ellos de llevarse piedra a piedra la montaña. Nosotros subimos en una cabina y nos quedamos a pocos metros de coronarlo, siendo testigos por el olfato de la vida latente en su interior, el azufre se olía.

Alguien tuvo la osadía de instalar un Parador en la mismísima caldera desde cuyas terrazas se divisa el poderoso Teide: comer en ellas no tiene precio.

Vista desde El PARADOR

Todo lo demás en la isla carece de la importancia que acapara este lugar, aunque se debe pasar por las dunas de Maspalomas, visitar la bella Sta.Cruz y recorrer los confines del norte, con sus playas de piedras sueltas junto a las que es posible comer un pescado excelente, recien traido en barcas.

En la génesis de estas islas tuvieron mucho que ver los volcanes. Solo hay que darse una vuelta por la pequeña Lanzarote y observar cómo crecen las plantas
en lugares imposibles de ceniza negra.

Una vueltecita por el Parque de Timanfaya te lleva a encarnar a cualquiera de los personajes de Verne en "Viaje al centro de la Tierra"

El siguiente Apartado lo dedico a Madeira, otro archipiélago de origen volcánico, ligado a Portugal, que constituye todo un Paraiso Natural.

Aterrizamos en un aeropuerto minúsculo en el que los pilotos tienen que emplearse a fondo para detener la fuerza del aparato. Se ganó un fuerte aplauso aquél día
en que llegamos desde Madrid. El destino, un pequeño hotel a poca distancia del hermoso puerto de Funchal, la capital: Dom Pedro Garajau


fue nuestro punto de partida para conquistar todos los rincones de esta bonita isla.

Empezamos en Cámara de Lobos, lugar de pescadores en que se ganaron nuestra admiración unos chiquillos, lanzándose a las aguas por unas monedas.


  Puerto natural, refugio de pescadores... hasta Porto Moniz, su punta mas septentrional, donde comimos lapas recien pescadas y donde coincidimos también con el máximo dirigente político aquel dia.

Porto Moniz

Este maravilloso vergel se ofrece a los bienintencionados que lo quieran descubrir.
El denominador común con las otras islas atlánticas es su consistencia basáltica.
No es conveniente la visita apresurada, hay que hacerla de forma pausada, destinando a cada meta su tiempo, mezclándose con sus buenas gentes capaces de llevarte a donde la humanidad es sencilla y no te exige etiqueta; claro que Funchal no quiere perderse a quienes tienen dinero y se lo quieren gastar en sus hoteles de superlujo, casinos y restaurantes pantagruélicos.

No hace falta todo eso para ser feliz allí.
Unas buenas botas para caminar por sus  senderos entre montañas,
desde alturas increibles,
bordeando las levadas o canales de irrigación,
que transportan el agua a donde sea necesaria.

Es una sensación de paz extraordinaria, el contacto con una naturaleza tan
                        explosiva. Como pasearse por unos techos que dejan
                 a tus pies valles y ciudades que se ven diminutos

La humedad existente, hace posible que en las cunetas de las estrechas carreteras broten orquídeas junto a la vegetación mas sorprendente para quienes no estamos acostumbrados. La flor mas emblemática es la Strelitzia reginae o ave del paraiso que no se esconde de nadie y se muestra con profusión.
Hay que encaramarse a lo mas alto, el monte Arieiro, y desde allí en un breve recorrido asomarse al Curral das Freiras, en el valle,
donde cuentan que se refugiaban las monjas y vírgenes
para protegerse de los bárbaros piratas.
Efectivamente, es un valle con dificil  acceso y mucho peor en los tiempos de carastia de medios de comunicación, porque aún cuando la visité, no hace muchos años las carreteras hacían dificil el tránsito. Hoy el desarrollo impuesto por la Unión Europea, ha hecho posible la construcción de autovías y puentes que salvan todos los impedimentos impuestos por la Naturaleza.

Es conveniente rodear su contorno después y comprobar cómo sus 750 kms. cuadrados muestran diferentes caras según se esté en un punto u otro.

Desde Porto Moniz fuimos a Santana por una carretera castigada por las olas del mar en la que era necesario pararse completamente cuando se acercaba otro vehículo.
Subiendo a Santana un precioso mirador te ofrece una panorámica excelente y ya en el pueblo te introduces en un ambiente poco común de casitas en forma de barraca, como si hubiesen aparecido allí pobladores provinientes de la zona levantina española.
Desde Santana a Funchal es inevitable la montaña con un recorrido de curvas interminables. Otra forma de atravesar la isla es desde Ribeira Brava a San Vicente dándose la curiosidad de que una vez metidos en el valle se observa la salida a la otra vertiente del océano.

Islas para gozarlas, en calma.

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