Un mar envidiado en otras latitudes, por sus aguas cálidas, su color azul, las arenas finas... que más parece un enorme lago, roto en un extremo por una fisura de poco mas de 18 kms. De no ser por ese corto espacio por el que penetran las aguas del Atlántico, quizás se hubiese desecado. Estuvo a punto de hacerlo tras la crisis salina del Mesiniense que evaporó sus aguas y creó enormes depósitos salinos en el oriente, aún perceptibles.
Maltratado, responde ardiente en la canícula agosteña, pero sus costas se llenan de pinos, enebros y sabinares dispuestos a porporcionar sombras ribereñas. De el se han sacado millones de peces para sustento, tesoros que debieron abandonar los fenicios en sus múltiples viajes con mar embravecida, o los aguerridos cartagineses, luchadores incansables.
Ne he tenido ocasión de llegar hasta el Oriente, pero lo que conozco de Occidente me fascina y sobretodo sus islas comenzando por Córcega, la más septentrional de ellas. Un paraiso en pequeño, cuidado y protegido por los corsos que de ninguna manera desean hacer concesiones al devastador infierno del turismo que termina arrasándolo todo.
En 1404 Pero Niño, navegante de la corona de Aragón, castellano de nacimiento. hizo su propio descubrimiento pero con la intención de perseguir a los corsarios, que por cierto derivan su nombre de la
patente del corso que se daba a los marinos para atacar navios contrarios. En pos de Castrillo y Aymar llegó hasta Marsella, terreno enemigo, aunque se saldó la visita sin contratiempos. De allí al estrecho de Bonifacio que separa a Córcega de Cerdeña.
Precisamente aquí llegamos un día, a Bonifacio, después de recorrer todo el norte de Cerdeña, desde Alghero hasta Sta.Teresa Gallura el lugar más proximo.

Capo Testa

Bonifacio
Merece la pena perderse en estos lugares y a destiempo, quiero decir antes de la invasión bárbara de los veranos. No en vano La Maddalena y su Costa Smeralda, un pequeño archipiélago en la zona, está reservado a los mas importantes prebostes europeos.
Pinos al borde de la playa, arena finísima y aguas increiblemente transparentes se adueñan cara al sol de poniente de unos paisajes unicos, de vistas que permanecerán en tu retina para siempre.
Desde allí un pequeño tránsito en barco, por el en otro tiempo temible estrecho, te deposita en Bonifacio, la villa corsa mas al sur de la isla. Instalada en el fondo de un saco estrecho y encajonado recibe no de muy buena gana a infinidad de transeuntes; unos para quedarse a pasar allí unos días, otros para trasladarse al interior a reconocerla.

Como no podía ser de otra forma, este puerto está protegido por un soberbio castillo al que se llega por empinadas cuestas y que debe visitarse porque, entre otras cosas, alberga mucha historia, y junto a el rincones que se han de inmortalizar con una cámara de fotos. También una escalera excavada en la roca viva por la que deberían escapar de la justicia y en todo tiempo. Paradójicamente ahora te cobran por bajarla. Llegamos justos una tarde para retirar un coche de alquiler en la Agencia y aunque faltaban unos minutos para el cierre, la amabilidad francesa, tan característica en lo tocante a jornada laboral, nos dió con la puerta en las narices. De nada sirvieron mis quejas, ni echarle la culpa al ferry que nos trajo, en el que solo con bajar se pierden minutos. Nos obligaron a hacer noche, si no queríamos optar a transporte público, complicada su localización y sin garantía de acceder a los horarios.

Bonifacio es una ciudad complicada también en todo tiempo. Siempre está llena de gente por la cantidad de barcos que atracan en ella. Los hoteles a nuestro alcance, completos. Vimos turbados que podríamos pasar la noche en vela hasta que, preguntando en un camping donde tampoco había bungalows disponibles, una chica se compadeció y mediante una llamada localizó a alguien que podría ayudarnos. Una mujer con una casa vacía dispuesta a cedérnosla al módico precio de 150 pavos la noche; eso si con desplazamiento en su coche al lugar que nos pareció excesivamente alejado. Un buen chalet de dos plantas en medio de una zona boscosa a las afueras. Bien montada para alquilarsela a cualquiera. Tuvo suerte de dar con gente honrada que no la desvalijó a cambio de esos euros.
Al dia siguiente, después del desayuno a la francesa con ricos croissants de mantequilla, ocupamos la mañana en recoger el Peugeot y en visitar la plaza fuerte. Después de comer pusimos rumbo a Ajaccio. El trayecto nos dio la oportunidad de irnos adaptando al paisaje de la isla, al principio pedregoso y distinto, luego montañoso hasta Sartene encrespado y sinuoso hasta volver a la costa de Propriano.
Ajaccio se te presenta como un rincón asomado al Oeste donde recalan barcos llegados del continente repletos de mercancía y de pasajeros. También muchos veleros en busca de aventuras. Es capital de esta provincia insular francesa, olvidada de la metrópoli, según dicen ellos mismos, y famosa por la estancia del mismísimo Napoleón entre sus moradores.
Deben su nombre al color rojizo de sus tierras, las Islas Sanguinarias, situadas al norte de Ajaccio bordeando su costa. Un rincón espectacular por su hermosura que se ha convertido en parque natural con flora y fauna autóctonas que participan de sus aguas cristalinas.
De allí a Corte, una villa contestataria en la que aún parece flotar en su ambiente el aire irredento de su historia. Por eso hoy se la ve algo olvidada mientras las demás prosperan. Hay que subir a uno de sus puntos mas altos, la Citadelle, y llenarse los pulmones como debieron hacer sus defensores mientras llegaban de fuera a asediarles. El punto de rebeldía se refleja aún en la carretera; nos avisaron varios coches de que algunos kilometros después encontraríamos gendarmes... y efectivamente estaban esperando incautos. Da impresión pasear por los mismos lugares por los que los exaltados revolucionarios se hacían promesas de fidelidad a su causa, confiados a una pírrica victoria.
A pocos kilómetros se encuentra Bastia, en la costa Este. De bonitas playas, debe su nombre a la
bastiglia, la ciudadela que domina desde sus alturas el recogido puerto desarrollado por los magníficos marinos genoveses. Los corsos, por su parte, nunca vieron con buenos ojos su intromisión y se la hicieron pagar cara, hasta que los franceses se hicieron definitivamente con toda la isla.
Pascuale Paoli, el independentista corso, la reconquistó para los ingleses aunque solo por dos años. (1794/96)
No son sus ciudades, siendo bonitas, lo mas atractivo. Cuenta con rincones tan inigualables como la
Reserva de Scándola y los
Calanques de Piana, donde la tierra se vuelve roja y recrea unas formas imposibles.
Se impone caminar y caminar apartándose un poco de la carretera
para no encontrarte con demasiados coches,
sorteando sus curvas.
Alta montaña junto al mar