No es el amor a los castillos lo que me mueve... por la prosecución del tema anterior. Además se trata de castillos contemporaneos que en poco se parecen a los primitivos medievales, tan prosaicos y sencillos, edificados para el refugio y no para el esplendor.
Nos encontramos en pleno corazón de Las Siebengebirge (siete montañas) que son siete colinas mas bien, que deben su origen según la leyenda a los restos pedregosos en los hazadones de los campesinos empeñados en desecar las tierras anegadas por el Rin, que ayudados por gigantes no terminaron por pagar el precio convenido.
Efectivamente este grandioso rio se enseñorea por estas latitudes situadas en Renania del Norte-Westfalia, limitrofe de la Baja Sajonia por el norte y Renania-Palatinado al suroeste, frontera también con Bélgica y Paises Bajos. En distintas ocasiones sus aguas han invadido los campos y complicado la vida a sus moradores, aunque la prosperidad se halle instalada en sus orillas.
La puerta principal se halla en Königswinter, un pueblo encantador desde el que parte un pequeño ferrocarril que asciende hasta sus puertas en medio de frondosos bosques.
Es lo que se ve en la cima, en dirección a Koblenza, lugar de encuentro con el serpenteante Mosela.
No es extraño que escogieran este lugar, nuestros antepasados, porque se divisa perfectamente el Rin y entonces era, como son las autopistas en nuestro tiempo, vehículo con el que atravesar Europa montados en barcas hasta la desembocadura. Espacios verdes, muy poblados ahora, auténtico pulmón de las ciudades instaladas en sus orillas. Colonia al norte presencia su paso y con el rio sus barcazas que resisten la competencia terrestre del transporte. También las que transportan a turistas fluviales cargados de celuloide en sus cámaras para inmortalizar aguas abajo las vistas algo monótonas de sus riberas.
Desde aquél pueblito, montados en un trenecillo de cremallera cargado de críos, llevando a cuestas su responsabilidad por ser el primero del mundo en su género, subimos los 400 metros de desnivel atravesando un bosque.
Nos deja en un pequeño anden y enseguida nos encontramos en la cima. Unas ruinas atestiguan que allí existió un castillo, nada que ver con el que se construyó mas abajo. Desde los miradores apreciamos Bonn a la derecha y Koblenza a la izquierda, así como el lento discurrir de los barquitos por el rio.
Enfrente una basta e interminable llanura por horizonte que se adentra en Belgica y termina en el mar...
Es obligado pararse en Colonia y en Bonn y en Koblenza... porque aunque las ciudades tengan el denominador común de ser ciudades, también tienen su carácter individual y propio. En la primera el eje de su imponente catedral y el rio atravesándola no la restan atractivo. Nos hospedamos en un albergue para jovenes muy recomendable, como todos en Alemania, donde estuvimos muy a gusto y desde allí nos dedicamos a descubrir su vertiente comercial, de ocio, cultural y también la religiosa porque dispone de bellas y acogedoras iglesias en las que destaca la sencillez y el recogimiento, con libros de salmos a disposición y ausencia de imágenes y retablos recargados de boato. La plaza Neumarkt, el barrio de pescadores y sus tabernas donde la cerveza se estaciona en cilindros dispuesta a ser servida...
Bonn también tiene su encanto, quizás por haber sido capital durante un tiempo, o por Beethoven, quien sabe, o la catedral de San Martin, con los restos de San Casio y San Florencio que te obligan a genuflexiones si quieres visitarlos en su cripta.
Koblenz es el nudo fluvial del que parte el Mosela donde desemboca y por el que nos adentramos, un afluente caudaloso que contiene en sus riberas pueblecitos encantadores que también hay que visitar, con castillos de cuentos de hadas. De origen francés, termina su recorrido en Alemania.
Hasta este preciso lugar nos llegamos desde Koblenz, por una buena carretera, parando en Cochem y su castillo de Reischsburg, Valwig, Bruttig-Fankel, Zell... hasta Trier al que no llegamos por exceso de kilómetros. Aquí los viñedos son los amos; perfectamente alineados, donde la recogida de la uva está muy bien estudiada. Mediante un sistema eléctrico, el operario se desplaza sentado en un sillín y va recogiendo los racimos de uva blanca. Se producen vinos de calidad Riesling que se consumen hasta en la corte de Inglaterra, son vinos blancos muy apreciados y caros de los que nos trajimos varias botellas. También observamos cómo a la entrada en los pueblos tienen instaldas unas vitrinas donde exponen sus botellas. Si eres paciente y lo buscas hallarás degustaciones de estos caldos.
En definitiva, una hermosa Región que hay que ver.
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