sábado, 16 de julio de 2011

Mediterraneo Occidental (II)

Mallorca está entre mis preferidas. Lástima el atropello que han hecho de ella...
Mi estancia allí durante cuatro años consiguió enamorarme de sus rincones, de sus moradores, de sus gastronómicas citas...
Transcurría el otoño de 1971 cuando me encontré, exilado voluntario de mi tierra natal, en un lugar que no sabía bien cómo me acogería y con un problema priorístico que no era menor: la lengua. No obstante, la persistencia del régimen franquista favorecía a los castellano-parlantes por encontrarse en tierra de sumisión.
Entré por aire merced a mi primer viaje en avión turbohélice, muy confortable y rápido para la época, aunque las lágrimas por lo que dejaba atrás, me impidieron disfrutar más del paisaje. En los cinco años de residencia tuve muchas ocasiones de disfrutar tanto de vuelos como de navegación por el mar circundante.
Me ocupé en descubrirla desde el primer dia en que nos encontramos y nos caímos muy bien, francamente. Las playas cercanas a la capital fueron las primeras en ser conquistadas, empezando por el inacabable Arenal de buena arena fina, siguiendo por la de Illetas, Santa Ponsa, Magalluf... cuando aún podía hablarse de pequeña explotación.


Después le siguieron Portals Vells, Portals Nous, Cala Bendinat... rincones próximos a Palma de una belleza extraordinaria, donde pasar el dia era una experiencia que recargaba toda la energía que se requería para el resto de la semana.

Cualquier tiempo era bueno, fuera en invierno o primavera cuando todavía no era posible zambullirse en sus cristalinas aguas. El verano y el otoño sí eran hábiles para la empresa acuática, pero con todo y con eso aproximarse a la orilla del mar resultaba un ejercicio muy estimulante, con sol tibio pero reluciente en la mayor parte del tiempo, que según su inclinación, proyectaba sensaciones variadas.

La Costa noroeste fue un salto cualitativo importante. No es de extrañar que muchos de los grandes genios pasaran aquí sus días. Andratx, en el extremo sur de la sierra Tramuntana, es punto de partida hasta el Cabo Formentor en Pollensa. En todo ese recorrido hay puntos muy señalados donde perderse y no ser encontrado, resultaría la mejor de las dichas. No es de extrañar que todavía haya payeses que no conozcan la capital... no se les ha perdido nada en ella y no la necesitan para mejorar su vida.


Estellencs y Bañalbufar comienzan la serie de pueblecitos costeros que literalmente se caen de la montaña hacia el mar en busca de atardeceres preciosos. También Valldemosa, donde Chopin se inspiraba junto a G.Sand, busca su salida al mar por una intrincada y estrecha carretera desembocando en una pequeña colección de casitas de pescadores, después de bajar 70 metros de desnivel.

Continuando el camino llegaremos a Sóller, paraiso de naranjos, que se encuentra al fondo de una dársena natural por la que penetró el Mediterraneo para quedarse, como pretendieron los corsarios sin conseguirlo en 1561.

Esta pequeña gran ciudad cuenta además con un tranvía eléctrico de principios de siglo XX que la une con el puerto bordeando el mar, aunque también puede llegarse allí desde Palma en un ferrocarril de via estrecha que hace las delicias de los nostálgicos.
Una apacible villa marinera y agrícola que puede contemplarse en todo su esplendor desde el mirador de Ses Barques
en la subida al Puig Mayor, la mayor altura de la isla Por esa misma carretera, tomando un desvío a la izquierda, nos adentramos por el nudo de la corbata hacia un paraje singular: Sa Calobra.
Se sobrelleva este recorrido infernal sabiendo que al final se obtiene la recompensa de aparecer en el fondo del Torrente de Pareis
Es conveniente circular sobrio y a ser posible de dia, es decir con luz natural, porque allí mas de uno dejó alocadamente su vida.
Después de unos cuantos kilómetros interminables, inevitablemente nos encontraremos con un muro que hace imposible continuar so pena de caer al mar, por lo que debemos pensar en lo que vamos a hacer hasta la hora de la vuelta en la que por fuerza tendremos que desandar el camino de retorno, aunque merece la pena perderse en la desembocadura de este torrente fabricado por la naturaleza.
Como en otras tantas ocasiones he mencionado, preferiblemente acudir entre semana y en temporada baja, evitando la masificación de todos aquellos espacios por los que pasa una carretera.

Cerca de este paraje hay otro muy interesante también y sobretodo mucho menos visitado, por lo inaccesible, la Cala Tuent,


A partir de la comarca de Escorca, que también contiene el Monasterio del Lluc, un lugar de devoción regentado por frailes, muy venerado en Mallorca.

Aún restan mas puntos de interés en la Tramuntana y recomiendo descubrirlos a pie, con morral a la espalda y poca preocupación por el qué comer y dónde dormir.

Los ultimos kilómetros hasta Formentor contienen aún espacios ganados por el mar, como el Puerto de Pollensa y una pequeña playa en  fondo de saco: Cala de S.Vicente


Estamos llegando a la punta mas septentrional, el cabo Formentor, apuntando al norte, como desentendiéndose de la tierra que ha quedado atrás, con su faro orientando a marineros perdidos en este mar tranquilo y sosegado. Es aconsejable llegar hasta el y pararse un rato a descansar y observar el paisaje.

Antes de abandonar la Tramuntana es obligado pararse en el Puerto de Pollensa para almorzar un delicioso arroz marinero, seguro que os quedará guardado en la memoria.

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