lunes, 27 de junio de 2011

Dolomitas (Italia)

Quienes hemos sido montañeros, conocemos bien el embrujo de la montaña que es harto dificil explicar con palabras.
A mi me ganaron sus brujas siendo muy joven y muy cerca de donde nací, en una pequeña cordillera situada al norte que nos refugiaba de las inclemencias que ella para sí asumía. Esta montaña de la que hablo ahora no está para mi tan próxima, se aloja al sur del centro de Europa, finalizando los Alpes en su sector mas oriental.
Me acerqué hasta allí acabado un verano, antes de que aparecieran las nieves que tiñen de blanco todo aquello y lo convierten en paraiso de esquiadores; otros amantes de la montaña, aunque menos soñadores.

Salí desde Padova en coche, intentado alcanzar los confines del Véneto por el norte.
Por la S50, hasta Feltre, la sencilla carretera va alcanzando pendiente, la que separa el mar de la imponente montaña mudando los paisajes en un tránsito que evoluciona sin cambios drásticos, de manera que observas a lo lejos, sin sobresalto, cómo se va acercando a ti la mole de granito desde la lejanía. Después Belluno  se convierte en punto de no retorno si persistes queriendo alcanzar tu meta y Longarone, en la S51 se adentra ya en el encantamiento de abetos enormes y curvas imposibles: estamos ya en la región de los Dolomitas. Debe su nombre a Dolomieu, un geólogo francés que en 1791 descubrió la composición de su roca, la dolomía, de origen sedimentario marino
-quien  diría que hasta allí llegó la mar-
Llega un momento en que te ves rodeado por las moles y ya no sabes qué decir, te sobrecogen con su magnitud y lo mejor es que te dejes guiar a su merced, porque a lo largo del día te sorprenderá con sus contínuos cambios de imagen, según se vayan proyectando los rayos de sol sobre sus lados.
Se han puesto de acuerdo para adueñarse de este espacio:
Marmolade, Cinque Torri, Lavadero y sus agujas superando los 3.000
se han convertido en testigos mudos de cuanto acurre a su alrededor,
y aún parecen sobrecogidos queriendo huir hacia arriba,
después de las carnecerías que tuvieron lugar allí
entre austriacos e italianos en 1917
Aún se conservan restos de aquellas masacres
quizás para que los niños jueguen a la guerra.

No abandoné aquél lugar sin visitar el lago Misurina,
muy cerca ya de la frontera austriaca,
se asemeja a un espejo capaz de reflejar toda aquella maravilla.

Recomiendo severamente estas vistas para que se fijen para siempre en tu recuerdo.

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