De un gran salto, me planto ahora en la isla que se halla a merced de la punta de la caprichosa bota italiana, para contemplar al mas importante de los volcanes europeos, el Etna. Con una altitud superior a los 3300 mts. se enseñorea de Sicilia. Etna se denomina a su cono volcánico, mientras que el monte que lo sostiene se conoce por Mongibelo, enclavado en un Parque natural, abonado por la ceniza volcánica, que fertiliza sus tierras adyacentes.
Es muy presumido, se yergue imperioso para que lo contemplen y cuando se enfada escupe fuego como todos. Lo ha hecho ya en varias ocasiones aunque sin provocar excesivo daño, la última en 2008 aunque parece que, aliado de sus vecinos, se limita a asustarles.
Catania, la ciudad mas grande y próxima parece no temerle demasiado porque tienen cerca el mar en el que sumergirse en caso necesario. Es un vecino al que no temen por ahora y les ayuda a concentrar turistas.
Me gustan las gentes de Sicilia, desde siempre se han sentido aislados del mundo, una seña de identidad que se descubre en cualquiera de las islas del Mediterraneo a poco que se profundice. Corsos, sardos, mallorquines, sicilianos... han vivido episodios de su historia deseosos de independencia, aunque llegaran siempre a la conclusión de que acaso sea mejor ceder en parte a la metrópoli que, dicho sea de paso, también está persuadida de que con ellas pierde mas que gana.
En todas ellas una clase dominante, bien relacionada en la capital, mantiene sus fueros lejos del alcance de la centralidad. La calidad de vida es superior allí y se disfruta mas de una naturaleza mas dócil y próxima.
El Mediterraneo les reserva calas celestiales donde aún es posible bañarse desnudo sin ser observado, divisar su fondo y relacionarse a distancia con algún morador de sus aguas. Sicilia no es de playas, aunque sus aguas también cristalinas rodeen sus costas remojando sus rocas y les infundan la brisa cargada de sal y de aromas.
Catania es especial, como lo es también Siracusa y también lo sería Taormina de no ser por la invasión de turistas y su urbanización agobiante.
Me paseé por Corleone para revivir alguno de los pasajes de novela en los que se ha escrito tanto de este pueblo. No cabe duda de que algo queda de todo aquello, aunque los viejos se rieran a mandíbula batiente al mencionarles al Padrino...
Está la iglesia, testigo mudo, representando a quienes tanto callaron e incluso participaron en disputas fratricidas. Están las rocas, también mudas, que se insertan en mitad del pueblo y que se ven fracturadas por una colosal brecha. Intenté subir a lo mas alto, donde dicen despeñaban a los infortunados. Hoy es la morada de un ermitaño que dispone de un oteadero privilegiado; eso si un pequeño letrero avisa a quien lo necesitara que siempre se halla dispuesto a escuchar y perdonar los pecados de los atormentados que hayan de conciliar sus culpas.
Hoy, la apariencia es de querer vivir en paz con todos y consigo mismos. No sabremos, sobre todo los transeuntes a quienes nos asalta la duda, si el lastre de tantos años sufriendo por muertos propios ha cauterizado ya las heridas en tantas familias.
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