Entre por aire y aquél avión me posó en Luqa, un aeropuerto pequeño pero confortable para la breve estancia que mantienes en su interior. En su recibidor se agolpan multitud de introductores entre guias, taxistas, conductores privados... que te asaltan literalmente para el traslado a diferentes destinos.
Gentilmente me fue a buscar Tony en su modesto coche y me trasladó con mis pertenencias hasta la hospitalidad de su casa en Bugibba, al inicio de la bahía de St.Paul, al norte.
Tony es el nombre de pila de un gran número de malteses, mitad ingleses, mitad fenicios, mitad africanos... curtidos en el arte de acoger a los que llegan a su isla con buenas intenciones, aunque han sido invadidos tantas veces que se decantan siempre por la mejor opción posible.
Hay que tratar de llegar siempre lo mas lejos del verano, cuando es posible moverse por la isla sin el inconveniente del sol aterrador que la castiga sin piedad, hasta hacerla casi inhóspita. Febrero a mi me resultó ideal para conquistarla porque apenas tuve oposición para hacerlo, toda ella estuvo accesible y nadie se mostraba agobiado por ello.
En su contorno, espacios como el de la foto encuentras varios, disponibles además por la estupenda red de autobuses que te llevan a cualquier lado, conducidos por expertos que no tienen reparo en exhibir sus vírgenes queriendo guiarles por el mejor camino desde Triton Fountain, centro neurálgico de Valletta.
Son los autobuses el regreso al pasado, motivo de miles de fotografías, lugar de convención de lugareños y turistas movidos pòr la misma causa: llegar hasta lo mas recóndito y por un precio... de risa. La tradición inglesa les obliga a conducir por la derecha y sus puertas, generalmente abiertas, los hacen mas asequibles para la subida y la bajada.
Para alcanzar Blue Grotto la ruta 35 que termina en Qrendi, me dejó en una parada en medio del campo, pero con buen humor y al principio cuesta abajo, no padecí lo más minimo hasta llegar al mar donde siempre esperan los barqueros, agrónomos convertidos, que te pasean hasta el fondo de una gruta escondida del Mediterráneo. Se alían las brisas y los susurros de las aguas que se van abriendo paso con el desagradable ruido del motor fuera borda. El mar azul, transparente, se deja contemplar en todo su esplendor y permite que esta vez le veas calmo y lo disfrutes.
Rincones para disfrutar, La Valletta y la fortaleza de su puerto natural, enfrentada a Vittoriosa en las que sus desproporcionados monumentos dan idea de lo que debieron ser cuando se constituyeron en la avanzadilla del cristianismo en el medievo.
Un balcón asomado a la bahía de St.Paul desde donde disfrutamos nuestras cenas, un aperitivo junto al mar en Marsalforn, en la isla de Gozo o el paseo por Mdina, fueron la expresión de un contacto con sus gentes.
Valetta, Bugibba, Rabat, Mosta, Mdina... ciudades para el recuerdo después de un viaje en febrero, entre amigos, sin el agobio del clima y los turistas que pueblan la Isla en verano.
Un pequeño transbordo hacia Gozo, con la poderosa Victoria enseñoreándose y la comida en Marsalforn, asomados a la bahía. Entre medias, acantilados en Dingli y un paseo en barca, inolvidable, hasta Blue Grotto donde descubres las transparencias del mar y los azules auténticos. Todo esto aconteció entre un nueve y un catorce de un mes tan anodino como febrero.
Majestuosa, construida a conciencia y capaz de resistir cualquier embite, La Valeta recibe amistosa a todo el que la visita.
Dicen que fuiste en Europa la primera ciudad planificada y se comprueba al andar por sus perperdiculares calles. Yo te encontré tranquila y repleta de gentes sencillas llegadas desde toda la isla en autobuses longevos, que el día en que mueran... necesariamente tendrán que reinventarse.
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